El difícil equilibrio entre ética y negocios

Es necesaria la cohabitación entre ética y negocios

Los términos ética y empresa son, en el pensamiento y práctica de algunas organizaciones, antagónicos e irreductibles a la cohabitación en el mismo espacio, el de los negocios, y en el tiempo, en todas las acciones con sus públicos interesados, más allá de esporádicas acciones filantrópica. Hay un porcentaje elevado de empresas en las que se da un diferencial negativo entre lo que ofrecen a sus públicos y lo que estos necesitan y esperan de ellas; un caso paradigmático es el de la banca. Hay empresas, en algunos casos sectores enteros (industrias extractivas, capital financiero, farmacéuticas…) que necesitan una verdadera revolución ética para ponerse a la altura de los tiempos y de las demandas de la sociedad, por más que intenten maquillar con marketing social y filantropía la naturaleza de su acción.

Hay otros casos que por su escala parecen más livianos y, en mi opinión, representan el verdadero estado de la presencia de la ética en la empresa. Aparece cuando se relaciona la Responsabilidad Social y los negocios en el mismo discurso. Tal es así, que unir los dos términos puede afectar seriamente a la reputación profesional de quien lo plantee, y es fácil que se le tache de romántico, amante de las causas perdidas, de predicar el buenismo en el que solo él cree y de iluso, “porque las empresas están para producir beneficios para los accionistas y todo lo demás está bien para los discursos pero la realidad es otra cosa”. Esta posición es tan firme, que plantear la necesidad de una gestión responsable de los negocios puede acabar con las posibilidades de conectar profesionalmente con este tipo de empresas.

Hay una parte, no desdeñable, del tejido empresarial que parece irreductible a la idea y la práctica de la ética, en forma de RSE. Piensan que con cumplir la ley ya tienen toda la legitimidad para operar buscando maximizar el beneficio sin importar la forma en que se consigue; esto sin mencionar a los que no la cumplen. Un ejemplo de la falta de valores sociales de estas empresas, lo muestra su falta de responsabilidad al hacer un uso abusivo de las ventajas de las sucesivas reformas laborales, que han terminado siempre con el aumento del desempleo. Estos empresarios irreductibles, se quejan de la falta de productividad y pretenden mejorarla bajando los salarios, haciendo el empleo más precario y despidiendo personal, sin que haya el más mínimo indicio de autocrítica para reconocer que la productividad de una empresa depende fundamentalmente del empresario, de su capacidad para crear un clima laboral nutritivo, incorporando el salario emocional, estableciendo relaciones de equidad, generando confianza en la plantilla, creando alianzas internas que incentiven el compromiso para generar valor a partir de la innovación en los procesos, en el diseño de productos/servicios y un largo etcétera.

Estos empresarios se olvidan de que los atributos de su negocio depende directamente de su liderazgo y gestión y no de los empleados. No parecen entender que las empresas son artefactos sociales que nacen, se desarrollan, compiten, prosperan o, si las cosas no se hacen bien, mueren en la sociedad de la que se nutre. Sin sociedad, sus condiciones y variables, no hay empresa posible. Herbert Simon decía que “el 90% de nuestros ingresos son contingentes a nuestro tiempo histórico y a nuestra geografía. Es decir, no somos moralmente responsables del 90% de nuestra riqueza”.

Las empresas deben reflexionar seriamente sobre su deuda con la sociedad y con su tiempo.

La gestión ética de los negocios es una obligación moral del empresario y, sin duda, un elemento decisivo para la supervivencia de su negocio. Las empresas tienen que evitar la tentación de sustituir la condición de ciudadanos de pleno derecho de sus públicos interesados, por la de productores y consumidores. Los ciudadanos como trabajadores exigen mayor equidad y compromiso de éstas para, a su vez, comprometerse en una alianza que haga prosperar a la empresa, a sus públicos y a la sociedad. Los ciudadanos como consumidores reclaman, cada vez con mayor vehemencia, a las empresas el respeto a su derecho a una información veraz, a adquirir productos y servicios con garantía de calidad, a recibir un trato digno y ajustado a la ley y las buenas prácticas... Pero además, todavía queda intacta su condición de persona con necesidades y aspiraciones culturales/formativa, familiares, profesionales, sociales..., que las empresas no pueden ni deben ignorar.

Las empresas tienen que hacer políticas de integración con sus públicos interesados si quieren tener alguna oportunidad en un mercado cada vez más difícil.

No es una cuestión de elección, es una cuestión de supervivencia para las empresas.

 Rafael Ortiz

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